
Entró en la zapatería de la esquina. Era la misma de otras ocasiones. Sabía lo que quería: unos zapatos de cordones, de suela de goma y resistentes al agua, pero elegantes. Le atendió una dependienta muy amable, de mediana edad, que después de escuchar lo que él deseaba y de advertirle que esos zapatos no estarían de rebajas, se retiró. La tienda estaba vacía. Fuera la ciudad comenzaba a desperezarse tras la quietud de las primeras horas de la tarde.
No tardó mucho. Cuando regresó llevaba consigo cinco o seis cajas bastante similares unas a otras. El miró los primeros modelos que asomaron y se excusó
- Me temo que no he sido capaz de transmitirte bien lo que deseaba, dijo con amabilidad.
Ella no se descompuso y, mientras cogía una tercera caja, añadió
–Te he traido de varios fabricantes y precios para que pudieras elegir.
Tampoco esta vez hubo suerte. El cuarto par no fue más afortunado, aunque como ella insistió, él se los probó. Pero no; no era eso. Hubo que esperar al quinto, o quizás al sexto par, para que él mostrase verdadero interés. Aquellos zapatos lisos, de línea sencilla eran lo que buscaba.
Se los calzó y se puso en pié. Le gustaban y estaba decidido a llevárselos, pero quiso crear un poco de suspense. Ella quizás pensaba que aún faltaba un poco para la decisión final y trataba de alentarle
- Son unos zapatos preciosos y te quedan muy bien, decía.
- Bueno, replicó él con una sonrisa, qué me vas a decir tú. Tu trabajo es vender.
Ella lo miró y con un aire de queja velada contestó
- Sí, es verdad; pero si no te quedasen bien, yo no te lo habría dicho.
El aceptó la sinceridad de la respuesta y con un poco de complicidad comentó
- De todas formas, si uno quiere vender siempre tiene que alabar un poco el producto.
Se acercaron al mostrador para el pago. Él saco una tarjeta de crédito y su carnet de identidad y los dejó a la vista. Ella los tomó y tras cotejarlos, le tendió el carnet de identidad y se quedó con la Visa. Los dos guardaban silencio. El se había quedado pensativo apoyando las dos manos en el mostrador y ligeramente inclinado hacia delante. Al otro lado, ella se ocupaba de pasar la tarjeta por el lector. Fue entonces cuando él rompió el silencio
- ¡Ojalá yo hiciera mi trabajo tan bien como tú!
Ella levanto la vista y, entre divertida y sorprendida, solo acertó a decir, con entonación de la tierra
- ¡Ya lo harás bien, ya lo harás bien!
- No te creas que es fácil hablar de Dios en estos tiempos, replicó él.
Y, sin solución de continuidad, le preguntó
-¿Sabes lo que hace falta para hablar de Dios?
Antes de que ella pudiese decir nada, él se respondió a sí mismo con un gran convencimiento
- Para hablar de Dios hace falta estar enamorado de Dios. Si uno está enamorado de Dios, sabe hablar de Dios.
Recogió la tarjeta de crédito para devolverla a su lugar en la cartera. Llevaba consigo una imagen de la Virgen y una estampa del Papa Juan Pablo II. Dudó un instante, pero se decidió por esta última. La sacó de la cartera y se la ofreció a ella, mientras le decía
- Este sí que era un enamorado de Dios.
Tomó la bolsa con los zapatos y se dirigió hacia la puerta. La bolsa, de un blanco brillante y con unas pocas letras negras, era como el negativo de su oscuro traje, en el que únicamente destacaba el blanco del alzacuellos.

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