
Mañana se cumple un mes exacto, pero lo recuerdo con nitidez, como si fuera hoy. Aprovechando la fiesta del día de Santiago ibamos a dar un paseo por unos embalses del norte de Navarra. Justo antes de salir, Pablo, que sostenía el Diario abierto ante él, lo giró y nos mostró una noticia. Dos chicas habían fallecido en un accidente de tráfico la noche anterior: regresaban de Lourdes con otras tres y se dirigían a un colegio mayor de la Universidad de Navarra, en el que residían.
Desde el primer momento me quedé muy impactado. Estaba casi seguro, por los pocos datos del periódico, de que esas dos chicas eran del Opus Dei. Ese pensamiento las acercaba a mi alma de una forma intensa. Sentía una pena profunda que me acompañaba. No era simplemente la compasión que se siente ante una desgracia ajena. Era el dolor de una pérdida propia. No sabría cómo explicarlo. Ni siquiera sabía sus nombres, pero sentía que una tragedia me había golpeado.
Al regresar a casa al mediodía, lo primero que hice fue coger el teléfono. Una llamada fue suficiente para confirmar lo que el corazón había intuido desde el comienzo. Por la tarde fui a rezar un responso. Solo estaba el feretro con el cuerpo de Ana, el de Susana lo trasladarían directamente a su lugar de origen. Después el funeral, lleno de sereno dolor y de mucha fe en Dios. Esa misma fe que guió la vida, corta pero preciosa, de estas dos chicas.
Aún hoy, cuando pienso en Ana y en Susana, a las que nunca conocí, lo hago con con un recuerdo lleno de cariño. Y no encuentro otra explicación que la más sencilla: la Obra es una familia y nos queremos.

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